Bienvenido a La Carretera Expedientada

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un saludo, Félix Olivera

viernes, 28 de abril de 2017

El Guardián de la Puerta-capítulo 5



La Serpiente del barro



Jaro, las ondinas, las ratas y el sapo avanzaron por la ciénaga sobre este y alcanzaron un saliente rocoso donde el sapo los depositó. Entonces, el sapo se zambulló y desapareció en las profundidades de las aguas.
De modo que al grupo no le quedó más remedio que seguir avanzando cubiertos de lodo hasta la cintura.
Su aventura por la ciénaga se les había complicado bastante, abandonados por una poderosa Águila Unialada y más tarde por un sapo no les quedó más remedio que continuar avanzando a ciegas por aquel inmenso lodazal.
Las ratas se habían repartido entre los hombros de Jaro y los hombros de las ondinas, y algo parecido a la desesperación y la angustia de no salir jamás vivos de allí comenzaba a empañar de oscuridad sus luminosos y valerosos corazones.
Sin embargo, no era el momento de rendirse, pues es cuando la vida se complica, cuando te pone delante los mayores obstáculos, cuando debes coger un mayor impulso y las fuerzas que resten para sortearlos y descubrir que para un corazón bravo nada es imposible ni tarde en el tiempo para lograrlo.
Así, que decidieron continuar alimentándose de larvas repugnantes de insectos, huevos de animales raros y de extraños peces de largos bigotes que se deslizaban entre la inmundicia de aquel lodo.
Con la ropa colaban el agua y bebían poco tratando de evitar en lo posible los dolores estomacales.
Y así transcurrieron varios días refugiados en una pequeña cueva que encontraron escondida en la inmensidad de la ciénaga. Allí encendieron fuego, comieron animalillos que ensartaron en palos y luego cocinaron y también bebieron agua que calentaron y limpiaron dejándola libre de impurezas.
Y una vez que todos hubieron llenado el estómago las Ondinas primero una y más tarde la otra comenzaron a contar sus historias. Algunas conocidas por Jaro y otras de las que nunca  había oído hablar que calmaron su espíritu de ansiedad y de la desdicha de vivir en un mundo en constante cambio y repleto de peligros y adversidades, y por un momento, eso le hizo olvidar los pesarosos años de encierro en la mazmorra del castillo de Hans.
Las ratas se acurrucaron entre los cabellos de las ondinas, y Jaro abrazado a ellas también se durmió.
La noche y sus estrellas cubrieron el manto celeste, y la luna llena, espejo del tiempo, brillaba en un punto aportando su calma y serenidad.
A la mañana siguiente decidieron ponerse en pie y continuar con la marcha y atravesar la ciénaga para salir de ella.
Hordas de mosquitos e insectos los atacaron y agobiaron durante el camino hasta que llegaron frente a un inmenso lago que cubría de agua a Jaro y a las ondinas hasta el cuello, era uno de los mayores riesgos  a los que ahora se enfrentaban, pero aún así decidieron seguir adelante y hacer frente a todos sus temores.
Las ratas se repartieron entre los hombros de Jaro y las ondinas, y comenzaron a atravesar la laguna justo cuando una de las ondinas notó el roce escamoso de un ser escurridizo deslizándose alrededor de ella, y la ondina se ruborizó y presa del pánico gritó, a lo que Jaro respondió tratando de que se calmara, la otra ondina la calmó agarrándola de la mano, y las ratas saltaron sobre ella junto a las otras dos y le acariciaron el rostro con sus patitas. Al final, la ondina se calmó, y la criatura escurridiza desapareció por unos momentos...
Entonces, continuaron avanzando solo que con mayor cautela. Caminaron un largo trecho cuando esta vez fue Jaro el que notó a la escurridiza criatura y de repente comprendió por qué la ondina se había alarmado tanto.
Una criatura semejante a una serpiente emergió del lodo y detuvo sus enormes ojos sobre el atemorizado grupo.
Y así estuvo un largo rato hasta que volvió a sumergirse en el barro.
El grupo continuó el camino y cuando ya casi habían atravesado el lago fueron sacudidos de nuevo por la criatura que les lanzó barro en las caras. Jaro se molestó y vio como la serpiente continuaba lanzándoles barro, algo que no acababa de comprender cuando otra serpiente se alzó del lodo erizando sus escamas, mostró sus afilados colmillos y se lanzó al ataque sin detenerse ni por un momento. Cuando ya casi los había alcanzado la otra serpiente, la buena, se cruzó en medio de la que se disponía a atacar y los salvó a todos de las feroces dentelladas que lanzaba al aire.
Luego, continuaron avanzando mientras que las dos serpientes se enfrentaban y a punto estuvo una de derrotar a la otra lanzándola con fiereza contra el lodo y las piedras, entonces la serpiente maligna abrió sus fauces repletas de afilados colmillos con el fin de devorar a Jaro, y fue en ese momento, cuando la serpiente se enroscó con fuerza entre sus piernas y el tronco y comenzó a apretarlo para romperle los huesos. En ese momento, las ondinas y las ratas se lanzaron contra la serpiente, y las ondinas lucieron sus puñales y los clavaron con fuerza en la casi impenetrable piel de la serpiente.
Y las ratas hicieron lo mismo con sus dientes afilados provocándole gemidos dolorosos a la serpiente mala, que en ese instante, se vio obligada a soltar a Jaro, y atravesando el barro con suma cautela y ondeando sobre el agua y el lodo la serpiente buena se abalanzó de nuevo contra la mala propinándole un cabezazo que la hizo sumergirse de nuevo haciéndola huir. Jaro y las ondinas pasaron un buen tiempo juntos atravesando la ciénaga y se hicieron muy amigos de la serpiente buena, y ya cuando quedaban unos pocos kilómetros para atravesarla la serpiente los abandonó.

De modo que el grupo salió de la ciénaga y alcanzó un bosque neblinoso.
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lunes, 24 de abril de 2017

El Guardián de la Puerta- capítulo 4


La Otra Celda

capítulo 4

Mientras que Jaro y sus amigos luchaban por sobrevivir en el estómago de un enorme sapo de la ciénaga, lejos de allí, en concreto en el interior del Castillo del Rey Hans había una joven princesa encadenada a un muro que con el tiempo estaba destinada a convertirse en la esposa del Rey Hans, pudiendo salir del custodio del Guardián de la Puerta. La muchacha de piel cobriza, ojos verdes y pelo rizado y oscuro tenía profundas ojeras en el rostro por causa de no dormir y algunas molestias en la espalda debido a la incomodidad de las esteras del suelo. Para ella el mundo nunca había parecido un lugar amable y justo, mas bien poblado de desengaño, infortunio e injusticia. Porque allí donde un atisbo de bondad se erigiese, la maldad se alzaba para contrarrestar su efecto y como si de la raíz de un simple hierbajo se tratase, extirparla y romperla con tal de eliminarla. 
La princesa había aprendido a ser valiente a la fuerza y a sobrevivir por encima de cualquier adversidad, quizá su sonrisa se había resquebrajado un poco y el llanto, ese estúpido hábito, había acudido a ella en situaciones pasadas, sin embargo, ahora había recobrado cierto valor tras escuchar el feroz desmoronamiento de la torre vecina, donde el otro individuo que se llamaba Jaro, había logrado escapar.
De pronto, fue como si la esperanza iluminara sus ojos y creció día a día en su interior con la plena certeza de que más vale tarde que nunca y que todavía le quedaba una oportunidad para escapar.
Y fue en ese mismo momento, cuando apareció El Guardián de la Puerta muy enfurecido seguido del Rey Hans.
Entonces, la agarraron con fuerza de las caderas y la arrastraron entre la suciedad, las piedras y las calaveras y huesos que como ya era vieja costumbre adornaban celdas cuyo pasado ya se atisbaba poco prometedor para cualquier preso.
Después, el Rey Hans la agarró con fuerza de la muñeca y seguidos por el Guardián de la Puerta descendieron las escaleras de la Torre donde había estado presa y la arrojó al suelo con brusquedad y le habló de un sitio al que iban a llevarla donde una malvada hechicera se haría cargo de ella. Pasaron los días y un carromato-prisión conducido por el Guardián de la Puerta la llevó a un lugar apartado y oculto en lo más profundo de un bosque justo al lado de un antiguo castillo abandonado. El Guardián de la Puerta detuvo los caballos tirando de las riendas hacia él, abandonó su asiento, abrió la puerta de la muchacha y la sacó sin miramientos ni gentilezas de la diligencia. De pronto, apareció entre ellos una mujer muy bella con el pelo color oscuro cayéndole éste como cascadas sobre la espalda, y vestida como una reina.
También llevaba en la cabeza una hermosa y resplandeciente corona repleta de joyas y su impecable apariencia contrastaba con la ruinosa edificación que tenía por morada y de la que nadie más salió para recibirla.
La princesa sintió escalofríos al contemplar la morada y una rara sensación de incertidumbre al recibir por parte de aquella hermosa y solitaria Reina una sonrisa gélida.
En seguida, el Guardián de la Puerta se alejó en la diligencia a toda velocidad y la reina del castillo en ruinas agarró las cadenas que se entrelazaban en los grilletes que aprisionaban sus muñecas y la introdujo con pequeños y sutiles empujoncitos en el interior de la fortificación.
El interior, al contrario que se atisbaba desde fuera estaba impecablemente limpio y ordenado, y el mobiliario de gran valor revestía el interior dándole a las salas una apariencia de calma y serenidad. Y una gran lámpara de araña revestida de cristales con forma de joyas pulimentadas iluminaba la gran sala central, donde las velas arrojaban la cera derretida creando formas de estalactitas por donde caía.
La Reina de aquel castillo que aún continuaba sin articular palabra de pronto llegó a unas escaleras de caracol iluminada por velas hasta que llegaron a unas celdas.
Allí la encerró sin apenas resistencia y cerró la celda con cuidado.
La princesa empezó a sentirse angustiada cuando la mujer se alejó escaleras arriba dejándola en la más completa y oscura de las soledades.

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jueves, 20 de octubre de 2016

capítulo 3- El Guardián de la Puerta


El ataque del Rey Silfo

Sin previo, aviso una feroz ráfaga de viento alcanzó al Águila Unialada y sacudió con violencia a sus aguerridos jinetes.
Los silfos eran seres elementales de aire y en la antiguedad reinaban en los aires y dominaban los vientos, pero con el paso del tiempo los hombres dejaron de creer en ellos y por estos fueron olvidados.
Así que la sorpresa de los silfos fue colosal cuando vieron aparecer el Águila Unialada y sentados sobre sus plumas a Jaro, hermano del Guardián de la Puerta, a las dos ondinas y al grupo de las ratas que le acompañaba desde su encierro.
Algunos de los silfos, que miraban con recelo la llegada de estos seres, se aventuraron a pronosticar que su tiempo llegaba a su fin, de modo que convocaron a su Rey y éste muy enfadado salió de su trono del Laberinto invisible para tratar de exterminarlos.
El viento huracanado provocado por el Rey Silfo agitaba al Águila Unialada y a sus pasajeros, que trataban de asirse a las plumas y evitaban no mirar hacia abajo, donde una colosal caída los conducía a una rápida y agónica muerte.
Pese a su naturaleza invisible el Rey Silfo podía comunicarse con sus enemigos por medio de aullidos escalofriantes, reverberaciones y ecos, y la forma más corpórea que el ser humano podía dar a un silfo era la de un torbellino de polvo, piedras, ramas, barro y hojas. Se trataba de un ser muy peligroso y amenazador. Y de pronto, Jaro afrentó al Rey de los Silfos.
-¡Malditas criaturas!¡Dejadnos en paz! No osamos más que atravesar vuestros dominios para alcanzar tierra firme y poder descansar.-exclamó Jaro tratando de aleccionar al Rey de los Silfos.
-¡Taimado humano! ¡Nadie atraviesa nuestros dominios y regresa vivo para contarlo! Hace siglos que vivimos aquí retirados, ocultos y olvidados. No somos más que la triste leyenda que vive en los libros que tu misma raza detesta. Los rumores que por mis dominios y todo el mundo viajan me cuentan que has escapado de una celda y que tu mismo hermano, que vive por las tierras de allá abajo, el Guardián de la Puerta, trata de encontrarte para encerrarte y de no lograrlo tiene firmes intenciones de matarte.
-¡A cuantos hermanos cuyo amor es sincero y verdadero has visto querer matar a su hermano!¡Ese hombre al que llamas el Guardián de la Puerta solo sirve para cumplir las leyes de un Rey tirano, el Rey Hans, un hombre sanguinario y asesino que exterminó a mi pueblo y su historia, y que me mantuvo cautivo con el único fin de revelarle el paradero de los que huyeron.
Pero el destino me ha concedido la libertad, y como los astros me han sido aciagos, voy a tener que demostrarle mi valía y de no hacerle entrar en razón voy a verme obligado a matarle para acabar con esta locura y esta tiranía que esclaviza a inocentes y los mantiene con la boca cerrada a fuerza de cercenar gargantas con su traidora espada. ¡Acabaré contigo, Rey Silfo,! si los vientos también se oponen a que cumpla mi destino, esos mismos vientos que pertinaces me detienen se esfumarán como una fugaz mañana de primavera.-arguyó Jaro.
Y estaba Jaro terminando de relatar esto cuando los polluelos del Águila Unialada, muy hambrientos, se mostraron ostensiblemente enfadados y con unos insoportables piares clamaron con anhelo el retorno de su madre acuciándola con sus graznidos a que les desquitara el hambre por causa de su larga y repentina ausencia.
Más tarde, el Águila Unialada viró en el aire en dirección al nido sin tener en cuenta el viento huracanado que ferozmente agitaban los silfos y sobre todo el Rey, y la hicieron plegar las alas y comenzar a descender con peligrosidad al tiempo que daba vueltas sin control.
Jaro y los demás se aferraron al Águila Unialada con todas sus fuerzas y temiéndose lo peor Jaro comenzó a susurrarle unas palabras mágicas que conocía de sus ancestros en el oído del Águila que continuaba descendiendo sin control hasta tierra firme para conducirles a todos a la muerte, y justo detrás el Rey Silfo los guiaba también con sus vientos para que no pudiera recobrarse.
Al escuchar la antigua lengua de las bestias el Águila graznó con todas sus fuerzas y recuperó la tensión de sus alas a pocos metros de despeñarse sobre una hedionda ciénaga roqueña repleta de afiladas rocas. Con la feroz sacudida, Jaro, las ondinas y las ratas se desprendieron del Águila y aterrizaron sobre el fango salvando sus vidas. Y de este modo fue como el Águila Unialada los abandonó en la ciénaga y regresó a su nido cumpliendo con el instinto maternal que salvaría finalmente a su prole.
Al tiempo que Jaro, las ondinas y las ratas se recuperaban de la caída, se iban incorporando como podían atendiendo al mismo tiempo como el Águila Unialada los abandonaba a su suerte con los mortales y feroces silfos.
En ese instante, el Rey Silfo descendió seguido muy de cerca por sus súbditos originando feroces vientos huracanados que agitaban con fiereza las ropas, el pelo y el barro de los que en ese momento estaban en el lodazal.
A Jaro, a las ondinas y a las ratas no les quedó más remedio que esperar el brutal choque cuando una inesperada criatura del pantano apareció, del tamaño de un sapo y croó con todas sus fuerzas sorprendiendo a los silfos que viraron de dirección pero no pudieron evitar caer finalmente sobre el barro y el lodo.
Uno tras otro cayeron y su aspecto se tornó visible ante los ojos de Jaro, viendo como unos finísimos ojos relampagueantes se dirigían al encuentro de los suyos.
Mientras esto sucedía Jaro instó a las ondinas y a las ratas a que se escondieran en la barriga del Sapo, cosa a la que en un principio parecieron negarse y a la que finalmente accedieron al ver como los silfos se acercaban a ellos con firmes intenciones de matarlos. Cuando ya la última de las ratas consiguió abrirse camino en el interior del gran Sapo, los silfos lo zarandearon todo lo que podían tratando de matarlo para que éste los expulsara de su interior, pero el Sapo que no era un animal del todo ignorante se agitaba dando saltos en todas direcciones hasta que alcanzó una zona donde pudo volver a sumergirse. Entonces, los silfos lo siguieron pero cometieron una estupidez porque se habían cubierto de tanto barro que comenzaron a sumergirse con lentitud en lo más hondo de la ciénaga. Sin embargo, el Sapo gracias a sus patas aplanadas nadaba , y además presenció la gran furia en los ojos de los silfos pero sobre todo la de su Rey, cuando los vio morir uno a uno zarandeándose en estado de arrobo tratando de liberarse inútilmente del lodo, mientras que Jaro, las ondinas y sus compañeras de encierro, sus fieles amigas las ratas, se salvaron guarnecidos en el interior del inesperado y muy oportuno Sapo de la Ciénaga.

Por Félix Olivera, 2.016

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sábado, 28 de mayo de 2016

El Guardián de la Puerta- capítulo 2


Capítulo 2


Ya casi alcanzando la cumbre con gran esfuerzo las Ondinas y las ratas tuvieron que hacer frente a una feroz ventisca, y el frío intenso estuvo cerca de conducirles a todos a una muerte asegurada. Cuando de pronto, apareció la Colosal Águila Unialada que irradiaba calor descendiendo en círculos concéntricos hasta aterrizar en el punto más alto de la nevada cumbre.
Las ondinas y las ratas se agazaparon tras unas rocas y observaron al descomunal ave que se erigía triunfante junto a su nidada.
Y en ese instante, los huevos eclosionaron uno por uno, hasta que todos los polluelos vieron la luz de la Radiante Estrella.
El instinto del animal la llevó a salir de allí en busca de caza, y en un momento de descuido del ave, las ondinas y las ratas se subieron encima del Águila y sobrevolaron con ella toda la extensa llanura, el Reino de Hans y el Lago de las Ondinas.
En el lugar en el que abandonamos a Jaro estaban a punto de suceder algunos hechos de cierta importancia en el devenir de los acontecimientos de esta historia.
Y fue cuando tras una repentina nube de polvo apareció el Guardián de la Puerta, al tiempo que el Coloso se levantaba del suelo tras la patada que había recibido de Jaro, éste no tuvo tiempo de pronunciar una sola palabra cuando la cimitarra del Guardián sacudió el aire y le cortó la cabeza de una limpia estocada. 
En seguida, el cuerpo decapitado convulsionó entre espasmos durante varios segundos y luego permaneció quieto y empapado de sangre.

-Uno siempre tiene que acabar el trabajo que los obtusos, malhadados, pérfidos y desdeñosos guerreros que tiene a su mando no desempeñan.-silabeó el Guardián de la Puerta, a la vez que agarraba con fuerza la espada por el arriaz y salpicaba con la sangre del Coloso la cara de su hermano escapado.
En ese momento, Jaro se sintió exasperado, se limpió la sangre de la cara como pudo, y viéndose amenazado retrocedió con sumo cuidado unos pasos. Durante unos instantes lo miró con cierto embeleso pero recordó la estolidez de su hermano y que este no se detendría hasta exterminarlo, pues había escapado de su celda por casualidad.
La cimitarra sangrante del Guardián de la Puerta volvía a erguirse en el aire y apuntaba a la cabeza de Jaro, y éste le sonrió triunfal cuando mirando al cielo en la última plegaria que le concedió a su Dios no sabiendo si por suerte o causa del Destino vio llegar a una enorme Águila con una sola ala cargando con las Ondinas del Lago y con las ratas que le hicieron compañía durante su encierro.
De pronto, el Águila sacudió el suelo con fiereza y la nube de polvo y viento golpearon al Guardián de la Puerta y al caballo con el que había venido desde el Reino de Hans.
El Guardián de la Puerta no pudo esgrimir su espada contra semejante bestia y derrotado los dejó escapar mesándose los largos y rubios cabellos en un gesto de rabia y repulsión.
Lejos de allí, en el reino de los pájaros, sucedió una feroz tormenta que obligó al Águila a cambiar sus majestuosa y colosal ala de dirección teniendo esta que adentrarse con consciente peligrosidad, respingo y recato en el olvidado Reino de los Silfos.

Por Félix Olivera, 2.016, Librilla.




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miércoles, 11 de mayo de 2016

Las tres Gargantas, el Mar de Cristal y la Reina de los Hielos

Todo comenzó con el maullido lastimero de la gatita negra Abigail. Así fue como el muchacho se despertó. Con los ojos cubiertos de legañas. El muchacho estaba desnudo porque los días habían sido muy calurosos y se disponía a vestirse y a marcharse a la academia.
Lucas era huérfano y vivía con una tía que ya era muy mayor pero que con su cariño y vitalidad suplía cualquier carencia afectiva que él pudiera tener.
Clarisa ya tenía alrededor de sesenta años y criaba a su sobrino de la mejor manera que podía. Los días de la Guerra ya pertenecían al pasado y una nueva esperanza se respiraba en el ambiente. Una cierta tranquilidad que nunca habían conocido antes.
Para llegar a la Academia Lucas debía atravesar el Bosque Septentrional. Una amplia masa boscosa repleta de criaturas, muchas de las cuales las mayoría de los hombres apenas tenían conocimiento.
Aquel día el bosque aparecía cambiado pues una desconocida bruma lo cubría ahora y le daba un aspecto mortecino y fantasmagórico que cualquiera en su sano juicio no hubiera hecho más que evitar.
Pasado el bosque Septentrional aparecía la catarata de las Tres Gargantas. Se trataba de una enorme mole de piedra marronzuzca que tenía tres caídas pronunciadas por las que infinidad de litros de agua descendían cada segundo. Y en las cuevas vivían multitud de gentes al amparo de las inclemencias de los cielos descubiertos y del gran mar que se extendía a lo largo de la descomunal catarata.
A veces, los cielos eran surcados por la ciudades flotantes y allí vivían hombres también. Aquel mundo se sostenía en un difícil equilibrio que los mantenía separados y así, de ese modo, en una constante y perpetua paz.
Pero esto a Lucas apenas le importaba y casi todo desconocía de estas culturas. Lo único importante para él era como todos los días atravesar el Bosque Septentrional para poder alcanzar la Academia y poder estudiar y lograr ser alguien reconocido algún día. En estas cosas pensaba antes, mucho antes de que apareciesen las dificultades allá muy lejos. En la Torre que se alzaba en medio del Bosque las cosas no andaban muy bien, un peligro desconocido acechaba, y la bruma que había aparecido recientemente era una clara y lógica señal de ello.
Al igual que antaño lo fuera su difunto padre Lucas quería dedicarse a la fabricación de botones.
A simple vista esto podría resultar un trabajo o una dedicación para nada interesante y, al mismo tiempo, poco o muy mal remunerada.
Sin embargo, Lucas no pensaba lo más mínimo en ello, en su mente habitaban las formas, los colores y los tamaños de unas piezas que él consideraba importantísimas en cualquier indumentaria de Occidente que se preciase.
Muy a lo lejos Lucas logró contemplar con cierta preocupación la inmensa bruma que se alzaba alrededor del guarda del bosque.

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Por Félix Olivera

martes, 19 de abril de 2016

El Guardián de la Puerta- Capítulo 1- Fugado



Capítulo 1  : Fugado

La voz del Rey Hans resonó casi eterna y con boato a lo largo y ancho de esas tierras convulsas.
-¡Que liberen al coloso!-exclamó el Rey, lanzando sus espurreos a la cara de algunos de sus soldados de manera que no tuvieron más remedio que digerirlos entre muecas de asco.
Y al clamor de mil trompetas y cornamusas hicieron despertar al olvidado ser, comandante de antiguas legiones y conquistador de Regiones indómitas. 
Tanto era el miedo y el revuelo causado por la fuga de Jaro que el Rey no escatimó en lo que fuera necesario con tal de dar caza al más odiado de todos sus presos, y el mayor enemigo que había conocido jamás el Reino.

Mientras tanto, Jaro encontró una bicerra, una especie de cabra con poca inteligencia, se subió encima de ella y cabalgó en dirección al Castillo de Hans.
Las ratas y dos ondinas, que a su vez eran jóvenes princesas, le seguían todo el tiempo desde su fugaz encuentro en el Reino de las Ondinas. Ellas se mantenían frescas y húmedas con el agua que llevaban cargada en dos sendos recipientes que portaban amarrados sobre la espalda.
Aunque apenadas no olvidaban el motivo por el que habían abandonado el Lago y sus profundos ojos azul celeste ardían en llamas de venganza y no descansarían hasta ver llegar la decapitación del Rey Hans. Ambas ondinas sonreían a las ratas que iban subidas encima de ellas enredándose con sutileza en sus rizados cabellos de oro, cobre y repletos de hojas silvestres.
El único que parecía preocuparse un poco era Jaro, pero no era éste un sentimiento habitual en él, la mayor parte del tiempo pensaba en ocuparse de destronar al Rey Hans aunque no sabía como podría lograrlo. Ya que antes tendría que pasar por encima del cadáver de su hermano el Guardián de la Puerta.
Y en estas cosas estaba pensando cuando vio aparecer al feroz, mortal y más peligroso enemigo que viera desde que fuera encerrado en la torre del castillo.
El legendario y terrible Coloso hizo acto de presencia en la extensa llanura enclavada entre el Lago de las Ondinas y el Reino de Hans.
Entonces, Jaro lo retó a muerte, y el Coloso embistió con desmanes. El Coloso al que todos temían en el Reino era en realidad un hombre con aspecto de enano, muy enfermo de un síndrome avanzado de artrosis en ambas rodillas. Sin embargo, su fuerza no residía mayormente en su fortaleza física, casi toda ella era mental. Este ser podría ser ampliamente reconocido como un auténtico farsante. Un ser profusamente subversivo, ducho, sagaz, proscrito, marrullero y por encima de todo desaforado.
Una criatura que impelía a todo el que lo rodeaba a una muerte segura y execrable. Era este un hombre al que jamás invitarían a un ágape.
Y al que los bandullones casi le rozaban los pies cubiertos y casi repletos de mugre y roña. Ahí se le había formado una maloliente congestión a la que sólo las moscas se atrevían a degustar.
Y justo en el momento en que el sucio, apestoso y diminuto Coloso se arrojaba contra su oponente el chico fugado, Jaro le propinó una violenta y repentina zancadilla que lo hizo rebozarse por los suelos y empaparse aún mas de mierda y máculas.
Por otro lado las ondinas y el pequeño grupo de ratas emprendió el arduo ascenso a la Montaña Secreta situada en la angulosa Cordillera Secreta en busca del Águila Unialada, una enorme ave que vivía oculta en el punto más elevado de la montaña dedicada a la incubación de su nidada.
Este animal de leyenda pertenece al Libro Secreto de los Gnomos, y en tiempos de guerra y desdichas siempre fue para las ondinas del Lago una imprescindible aliada, y también por el hecho de ser casi indestructible, y de no poseer enemigos naturales. 
El ave medía unos diez metros de altura y veinte de envergadura, y la hembra ponía huevos con forma cuadrada, lo que aún la hacía ser más extraordinaria. Y esto era así, probablemente, porque en el caso de resbalar por la ladera las aristas del huevo lo protegían de caer más abajo y despeñarse en fragmentos blancos y amarillentos por las rocas.
Entonces, las ondinas y las ratas comenzaron el complicado ascenso, entretanto Jaro seguía enfrentándose a su brutal oponente. 
El Guardián de la Puerta que no era ajeno a estos hechos por sus espías e informadores, entre los que se encontraban bandadas de cuervos, grajos y mirlos, no iba a tardar en aparecer en escena.

Por Félix Olivera -2.016

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domingo, 31 de enero de 2016

El Orbe

Juan era desde hacía muchos años un joven investigador de civilizaciones antiguas que había pasado la mayor parte de su vida entregado a la materia. 
Algunos de sus más allegados consideraban que Juan se había vuelto una persona huraña y extraña que apenas salía y que se había obsesionado demasiado con el pasado. Y quizás tuviesen razón, sin embargo estas críticas apenas lograban apartarlo de sus pasiones.
Hasta que un día un desconocido llamó a la puerta de Juan y le pidió que le hiciera un pequeño favor.
El desconocido prefirió no desvelar su nombre y le hizo entrega de un raro artefacto que según el desconocido poseía propiedades mágicas.
Un día Juan lo invitó a su casa, le preparó café y charlaron sobre el Orbe y asuntos que a ambos les interesaban.
-Apenas sé nada de usted.-le dijo Juan.
-Sólo puedo decirle que nos conocemos desde hace mucho tiempo y que usted mismo me pidió que hoy le hiciese entrega de este objeto, y que cuando este hecho tuviese efecto, que jamás y bajo ningún concepto le revelara mi nombre. ¿Verdad que suena extraño?
Pues así ocurrió, y ya hace tanto tiempo que ni logro acordarme.-le dijo el desconocido.
Tras escucharle, Juan quedó en un punto intermedio entre mudo y sorprendido, y al final tuvo que darle la razón al hombre aceptando el Orbe.
-Este artefacto tuvo que pertenecer a una antigua civilización, ya que no logro sacarle ningún parecido a la civilización egipcia, minoica, germánica o maya.-se dijo Juan.
Todo parecía ser pese a alguna carcajada sarcástica cosa de seres interdimensionales. El tipo de cuentos que les encantan a los que hablan sobre misterio y supercherías.
Tiempo después, Juan pasó largos años investigando el objeto hasta que un día llegó a la triste conclusión de que el objeto en sí mismo parecía una especie de enigma que había que descifrar.
Juan había dejado el objeto durante días en agua, lo quemó en la chimenea en el transcurso de un frío invierno y luego lo enterró en el huerto del jardín una primavera entera, pero de todos modos nada le sucedió.
Y ya pasados muchos años y habiendo alcanzado una edad madura y muy cercana al medio siglo Juan decidió emprender un viaje para resolver el misterio del Orbe, hasta que finalmente se cruzó con alguien que tenía una misión parecida, solo que esta persona tenía una llave a la que todavía no había logrado encontrarle una cerradura. La mujer de Juan que se llamaba Elisa exclamó sorprendida al  ver que al fin había encontrado el objeto largamente añorado de su familia.
Juan simplemente le siguió la corriente a su mujer  y le hizo entrega del Orbe.
Entonces, Elisa introdujo la llave en el interior de la esfera, la giró y de pronto apareció una luz increíblemente cegadora que los cubrió por completo y que los hizo caer al suelo inconscientes.

El Culto a los Orbes

En aquel lugar Juan y Elisa descubrieron que los Orbes eran antiguos mecanismos de teleportación de seres creados por mentes superiores y más antiguas que las recientes civilizaciones terrestres.
Juan y Elisa se fueron a vivir con los hombres de aquel pueblo aunque dejaron el Orbe escondido en la cabaña, y no lo olvidaron. 
En la ciudad pronto fueron presentados a todas las autoridades y les mostraron las más bellas construcciones que sus ojos habían presenciado, y finalmente cuando ya habían ganado su confianza los llevaron al templo de los dioses y descubrieron que ese templo tenía en el altar principal tres huecos para la colocación de los orbes, y que uno de ellos faltaba. 
Juan y Elisa recordaron que el que probablemente faltaba era el que ocultaron en la cabaña a escondidas de los hombres de aquel pueblo desconocido.
Juan y Elisa regresaron a la cabaña y sacaron el Orbe. A la mañana siguiente regresaron al poblado disfrazados de monjes, se metieron en el templo, y cuando ya nadie miraba o pasaba por allí colocaron el Orbe en su correspondiente pedestal.
En seguida, las otras piedras comenzaron a iluminarse también y todo el templo quedó iluminado a la vez que empezó a desmoronarse.
Los habitantes de los alrededores del templo huyeron atemorizados en todas direcciones y avisaron al ejército de la ciudad que marchó en dirección a los temblores.
Cuando de pronto, una extraña e imperturbable voz inundó esas tierras.
-¡Quién osa despertarme de este letargo en el que me veo inmerso!-exclamó la voz cavernosa.
-Nosotros.-le contestaron a la vez Elisa y Juan, mientras trataban de esquivar el polvo, las piedras y los cascotes que se cernían sobre ellos. Cuando de pronto, una antigua criatura mitológica se presentó ante ellos. No era ni animal ni humano, nada parecido a cualquier ser que hubiesen visto antes, mas parecía un ser mitológico o de leyenda.
A Juan le pareció un Quetzalcoatl pero a Elisa le recordó más a un ser interdimensional. Un ser de otro mundo del universo que habló en un idioma que ambos pudieron comprender.

-He sido venerado durante siglos por estos hombres.-les dijo el ser.- Pero al fin ha llegado la conclusión de esta farsa, de este artificio aburrido, porque he de volver con los míos.
Ya hace muchos siglos que fui engañado, vilmente traicionado y encerrado aquí por unos hombres malvados que usaron mis poderes en mi contra con el único fin de fortalecerse ellos mismos, pero vosotros dos, Juan y Elisa, me habéis liberado al colocar el Orbe en el tercer pedestal. Por haberme salvado  de la esclavitud os doy las gracias. 
A partir de hoy os beneficiaré con incontables dones, riquezas y andaréis todos los caminos de la fortuna en la Tierra. Porque es allí adonde os enviaré de nuevo para que recuperéis vuestra vida y no penséis más en el Orbe.
Un objeto abobinable que lo único que ha hecho ha sido traerme desdichas..., y sí, yo era el desconocido que te habló al principio. Hasta siempre Juan. 
De repente, todo se cubre de oscuridad y una luz de esperanza brilla para alguien que creía haberla perdido.


Fin


Por Félix Olivera -Librilla-2.015

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